La vida como viene
En un mundo en el que impera el escándalo, el silencio es una conquista. En una arena pública en la que los protagonismos se disputan a gritos, en donde se jalonean los titulares y las ocurrencias se anuncian con altavoces, mirar y escuchar son una postura política.
En una ciudad permanentemente ajetreada de turistas que se pasean por la historia de occidentesorprende la presencia discreta y profunda de León XIV. Las dos veces que he tenido la suerte deverlo, no me he dado cuenta del momento en el que entró a la sala. De pronto estaba ahí, de blanco, sereno, en un centro que no parece estar seguro de querer ocupar. Y, sin embargo, llena el espacio de una calma casi contagiosa.
Nos presentamos ante el Papa 38 personas de más de quince países distintos, después de dedicar dos días a abrir espacios de diálogo buscando una “Respuesta Basada en la Fe a las Drogas y al Reclutamiento Criminal de Jóvenes: Un diálogo desde América Latina y el Caribe hacia el mundo”.
El manual de la Pastoral latinoamericana de acompañamiento y prevención de las adicciones que dio origen al encuentro tiene como subtítulo la frase “la vida como viene”, en una decisión radical de dejar de luchar contra lo que es desde la norma, desde lo que nos gustaría que ocurriera, desde las reglas que preferiríamos que imperaran y que rigieran las conductas de chicos y grandes. La vida como viene sale al encuentro de esa realidad que siempre se impone, dolorosa, desarticulada, a veces difícil de abrazar, casi siempre difícil de entender.
El riesgo que corren adolescentes y jóvenes de caer en adicciones, en conductas delictivas, en redes de criminalidad, responde más a las sociedades que hemos construido que a su propia conducta y decisiones. Responde a un vacío de comunidad, a la debilidad de familias e instituciones; a la imposibilidad de imaginar un futuro en territorios sin acceso a salud, educación o vivienda digna; responde al abandono de las escuelas y los espacios públicos, a la falta de empleos dignos; responde a gobiernos que, incapaces de priorizarlos, les han dado la espalda, a una generación que les ha quedado a deber.
Desde el Diálogo Nacional por la Paz nos sumamos a este esfuerzo latinoamericano que busca no descansar hasta crear las condiciones para que adolescentes y jóvenes puedan imaginar un futuro deseable, habitable, compartido.
El encuentro en el Vaticano busca articular una respuesta que, desde la Iglesia, nos implique a todos. Una respuesta de una Iglesia decidida a no renunciar a su responsabilidad de ser y hacer comunidad, sobre todo para los más vulnerables. En palabras del Papa, “el sufrimiento de los jóvenes nos reclama respuestas integrales: prevención comunitaria, atención científica, justicia con rostro humano y acompañamiento pastoral cercano. Nuestra contribución tiene que ir
dirigida al cuidado, la presencia y la reconstrucción del tejido comunitario.” Y terminó diciendo “que la Iglesia sea la familia de todas las personas que se quedaron al margen del camino. Como el samaritano, que se hizo prójimo del hombre caído, no pasemos de largo; construyamos una Iglesia que se detiene, se acerca, se conmueve, unge las heridas, alimenta y se convierte en hogar.”
Después de sus palabras nos fuimos acercando uno por uno a un Pontífice cuya presencia serena se antoja incluso misteriosa por contrastar con el vértigo que lo rodea y que nos invade. Soy Ana Paula, le dije, del Diálogo Nacional por la Paz, en México. Sonrió de lado y adiviné que sabía de lo que le estaba hablando. Extendí la mano que tenía la Agenda Nacional de Paz, le dije que recogía las voces de más de 14,000 personas y que el Cardenal Parolin acababa de estar en México y nos había dado la bendición. Respondió: lo sé y asomó una sonrisa esta vez completa. Y, adivinando que mi frase era una invitación a dar la suya, tomó la agenda con la mano izquierda y, alzando la derecha, nos dio la bendición. Una bendición para cada mexicano que ha decidido sumarse a la construcción de paz en el país. Una bendición para cada mujer que invierte su tiempo en contribuir a crear espacios más seguros, más confiables. Una bendición para las familias que buscan, para los agentes de pastoral que acogen el dolor, para la Iglesia que impulsa este esfuerzo. Una bendición para los jóvenes decididos a no renunciar a su futuro, para quienes sufren, para quienes todos los días tienen que vencer el miedo, para quienes no encuentran el camino. Una bendición para quienes desde el territorio hacen que el Diálogo sea un movimiento vivo presente en 28 estados del país, decidido a organizar la esperanza, decidido, como dijo el Papa, a no pasar de largo frente al sufrimiento ajeno.
Salí de la fila para descubrir que seguía en mi mano el cuadrito de la Virgen de Guadalupe que le había llevado también. Habría querido dárselo y decirle que lo esperamos en México para el 500 aniversario de su aparición, que nos llenaría de gozo escucharlo dar misa en la Basílica de una Virgen que no conoce fronteras, pero me di la vuelta con la imagen en la mano, el corazón en la garganta y la convicción de que esa bendición se derrame sobre cada territorio, cada mirada y cada sueño de construir un país, y ahora un continente, habitable para todos.
Ana Paula Hernández Romano
Coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz